La feria de las “itis”
Después de una laringitis aguda, una gastroenetritis infernal, dos niños con bronquitis y un día lluvioso en el polo norte, lo único que parece no inflamarse es mi ego. A estas alturas, los últimos cinco minutos del día los estoy viviendo prácticamente en la inconciencia.
Programa de 12 pasos para dejar la lectura y la misantropía.
Tuesday, July 25, 2006
La posibilidad de los últimos 5 minutos
En los últimos 5 minutos siempre puede pasar algo interesante. Por ejemplo: que entre el detective y señale al asesino, que la niñita de "El aro" no esté tan muerta como aparentaba, que te des cuenta que el problema que vale el 80% del examen final está mal contestado, que a pesar de tu camiseta del Ché decidas votar por el candidato de derecha, que recuerdes que el paracaídas que traes en la espalda está descompuesto, que entiendas porque a tus amigos no les cae bien el hombre que te está esperando en el altar, que fallen un penal, que se le olviden los condones, que te dé un calambre, que digas el nombre de otro, que pierdas todo por escoger la catafixia equivocada, que no sepas que botón apretar, que alguien revele el nombre del verdadero padre de José Francisco Sebastián Rivadeneyra, que tu abuelita aparezca con una hacha en la puerta...
Quizá por esto, por esta infinita posibilidad que llevan siempre consigo los últimos minutos de cualquier historia, es que se inventaron los botones de “Snooze” en los despertadores; para que podamos apretarlos con los ojos semicerrados, regresemos a domir cinco minutos más y sepamos como termina la historia.
En los últimos 5 minutos siempre puede pasar algo interesante. Por ejemplo: que entre el detective y señale al asesino, que la niñita de "El aro" no esté tan muerta como aparentaba, que te des cuenta que el problema que vale el 80% del examen final está mal contestado, que a pesar de tu camiseta del Ché decidas votar por el candidato de derecha, que recuerdes que el paracaídas que traes en la espalda está descompuesto, que entiendas porque a tus amigos no les cae bien el hombre que te está esperando en el altar, que fallen un penal, que se le olviden los condones, que te dé un calambre, que digas el nombre de otro, que pierdas todo por escoger la catafixia equivocada, que no sepas que botón apretar, que alguien revele el nombre del verdadero padre de José Francisco Sebastián Rivadeneyra, que tu abuelita aparezca con una hacha en la puerta...
Quizá por esto, por esta infinita posibilidad que llevan siempre consigo los últimos minutos de cualquier historia, es que se inventaron los botones de “Snooze” en los despertadores; para que podamos apretarlos con los ojos semicerrados, regresemos a domir cinco minutos más y sepamos como termina la historia.
Saturday, July 22, 2006
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